Cazando Elefantes con el .375
H&H
Brian Marsh [USA]
African
Hunter Magazine
He
conocido, personalmente, a cinco cazadores
profesionales (PH) que emplearon exclusivamente
un .375 H&H Magnum a través de
toda su trayectoria como cazadores; dos de
los cuales eran cazadores profesionales de
marfil.

.375
H&H (izquierda) y .470 (derecha)
Harry
Manners y Wally Johnson iniciaron sus carreras
como socios para cazar en Mozambique en 1937,
y ambos usaban rifles Winchester tal como
salen de fábrica (Harry tuvo cuatro
a lo largo de su vida, uno de los cuales estaba
provisto de un cañón pesado
o “bull-barrel”, el cual descartó
directamente en una cacería por ser
demasiado pesado), ambos usaban solamente
munición Kynoch con proyectiles sólidos
de 300 grains, y afirmaban que su combinación
de fusil/cartucho era todo lo que cualquier
cazador profesional necesitaba para cumplir
con su labor.
Eran
tiradores expertos y podían colocar
sus disparos con precisión en el cerebro
de un elefante, desde cualquier ángulo,
pero también empleaban disparos al
hombro cuando resultaba conveniente, alegando
que este era el lugar de impacto de mayor
tamaño y el que brindaba mayor seguridad.
Harry abatió al Monarca de Zurrapa
(185 y 183 libras por colmillo (69 y 68 kgs.
Respectivamente y número 4 en los Records
de Caza Mayor Rowland Ward) con un único
disparo de .375 con proyectil sólido
de 300 grains en el hombro (la historia completa
de esta cacería está narrada
en la autobiografía de Harry, Kambaku,
recientemente publicada por Rowland Ward Publication
de Johannesburg).
Cuando
la caza por el marfil fue prohibida en Mozambique
a principios de 1950 en favor de los safaris
de caza, Harry y Wally se dedicaron a la organización
de safaris, usando solamente sus .375´s,
y los conocí por primera vez cuando
visité las concesiones de Moçambique
Safarilandia’s Savé por invitación
de su propietario en 1965. Harry se retiró
ileso a Skuzuza en el Parque Nacional Kruger
luego de la independencia de Mozambique, donde
allí lo visitaba frecuentemente, mientras
que Wally, quien resultó corneado por
un búfalo que su .375 no había
logrado detener, se unió al Safari
South en Botswana, en donde cacé junto
a él y así volvimos a estrechar
nuestra amistad. A pesar de su accidente con
el búfalo, tanto él como Harry
afirmaron, hasta que fallecieron, que el .375
H&H Magnum con proyectiles sólidos
de 300 grains era perfectamente apto para
la caza de elefantes para un cazador profesional.
Dos
guardafaunas muy experimentados de Zimbabwe,
quienes siempre usaron exclusivamente al .375
fueron John Osborne y Bruce Austen, y los
dos coincidían en afirmar que era completamente
adecuado para la caza de elefantes y lo demostraron
abatiendo grandes cantidades de ellos, aunque
Bruce me comentó que solamente una
vez se le había perdido un elefante
herido…aunque estaba convencido de que
no debía tener cerebro!
Su
primer disparo al cerebro lo había
hecho desde corta distancia, con el elefante
parado perfectamente perfilado a él,
pero al recibir el impacto del proyectil sólido
de 300 grains, el elefante simplemente giró
sobre sí mismo y volvió a colocarse
en la misma posición pero del lado
opuesto, en ese momento Bruce le disparó
en el mismo sitio. Los dos disparos, fueron,
de acuerdo a la opinión experimentada
de Bruce “correctamente colocados en
el cerebro”, luego del segundo disparo,
el elefante comenzó a correr y lo detuvo
solamente un disparo al tórax que Bruce
pudo realizar antes que el animal desapareciera.
Yo tenía muy poca experiencia cuando
Bruce me contó esta historia y esperé
fervientemente que no tuviera que enfrentarme
a muchos elefantes “sin cerebro”,
pero tuve algunos de esos percances aún
con mis .470. Inclusive el proyectil mejor
diseñado puede desviarse al impactar
sobre hueso –particularmente cuando
se efectúa el disparo desde corta distancia
antes de que el proyectil tenga tiempo de
estabilizarse – y la Kynoch con punta
redonda de 300 grains, sólida, en .375
está muy bien diseñada. Pero
el hecho de que ambos disparos de Bruce fallaran
en impactar al cerebro desde la misma distancia
y ángulo puede indicar que resultaron
desviados por el mismo motivo.
Todos
hemos sido influenciados en mayor o menor
medida por las recomendaciones de cazadores
con mayor experiencia y si lo que ellos dicen
funciona la primera vez, resultamos totalmente
convencidos. Mi mentor fue John “Pondoro”
Taylor, a quien conocí a mediados de
1950 mientras se dedicaba a la caza comercial
de cocodrilos en el Lago Nyasa (ahora denominado
Lago Malawi), y lo visité siempre que
me resultaba posible para hacerle un sinnúmero
de preguntas.
Aquellos
que han leído sus libros “Caza
Mayor y Fusiles para la Caza Mayor”
(Big Game and Big Game Rifles), o “Fusiles
y Cartuchos para la Caza en el África”
(African Rifles & Cartridges), sabrán
que Taylor pertenecía a la escuela
de pensamiento que propugnaba los calibres
“pesados y de velocidad media”,
y fue algo que seguí al pie de la letra.
Como Taylor, me convertí en un cazador
adepto a los fusiles dobles y opté
por un doble .470 (disparando un proyectil
de 500 grains a 2150 pies/segundo) cuando
a principios de los años 60 pude obtener
los derechos para la administración
de animales de caza en el rancho Nuanetsi,
de medio millón de acres (más
de 2000 km2) en la foresta sudeste de Rhodesia
y tuve la posibilidad de escoger entre grandes
cantidades de elefantes.
John
Osborne y Bruce Austen abandonaron los “parques”
para convertirse en cazadores profesionales
(PH) de safaris, Bruce inició su propia
empresa y John cazaba para el rancho Buffalo
Range, propiedad de la familia Style, primos
de mi esposa. El quinto PH a quien yo conozco
y que ha usado exclusivamente un . 375 H&H
Mag como su fusil de apoyo durante los safaris
es Rob Style del rancho Buffalo Range, quien
durante muchos años había tenido
concesiones en el Valle del Zambezi y en donde
muchos de sus clientes habían cazado
grandes ejemplares de elefante. El maestro
de Rob había sido John Osborne, y Rob
tuvo el mejor entrenamiento de caza de elefantes
que cualquiera pudiera recibir jamás
y ya era un cazador con mucha experiencia
cuando obtuvo su licencia profesional a los
19 años.
Rob
siguió el ejemplo de John eligiendo
un .375 de la misma forma en que yo había
seguido los consejos de Taylor optando por
un .470. Rob tuvo, en cierta ocasión,
un problema menor con un león herido
que su .375 no había podido detener,
pero nunca tuvo ningún problema serio
con un elefante, lo cual nos lleva a la pregunta:
hay algo más que decir?
Hasta
donde llegan mis conocimientos, el .375 H&H
Magnum ha sido probado por cinco profesionales
experimentados y demostró ser un calibre
adecuado para la caza del elefante, tanto
para el cazador deportivo proveniente de las
ciudades quien, probablemente, pueda cazar
solamente un elefante en toda su vida (tomando
en cuenta que sabe exactamente donde colocar
el disparo sobre el animal) y para el profesional
experimentado, pero debo confesar que tengo
algunas dudas sobre si resulta adecuado para
un PH con poca experiencia.
Tuve
el privilegio de leer una pre-edición
del libro “Lust for Life” (luego
publicado por Safari Press, California), que
trata de las aventuras del cazador profesional
Sten Cedergren que se dedicó a cazar
durante la “época de oro”
de los safaris en África Occidental
y se retiró de la actividad en 1997
a los 78 años de edad. Sten inició
sus cacerías en África como
un funcionario para la regulación de
las poblaciones de animales en Kenya en la
década de 1950, y dice lo siguiente
con respecto a los fusiles para elefantes:
“Disparar
con el .470 a los elefantes hembras y a los
machos jóvenes resultaba óptimo,
pero pronto me dí cuenta que cuando
pretendía cazar los grandes machos
en la selva densa o en las cerradas forestas
de bambú en el Monte Kenya y en los
Aberdares, necesitaba un calibre mayor…En
mi siguiente visita a Nairobi volví
a Shaw & Hunter quienes me mostraron un
Westley Richards .500 Nitro Express, un fusil
con un excelente balance, de platina larga,
sin expulsores automáticos y con cañones
de 24 pulgadas, y una vez que tuve el fusil
en mis manos supe que era lo que estaba necesitando”
El
.500 NE dispara un proyectil de 570 grains
a 2150 pies/segundo – a la misma velocidad
que el proyectil de 500 grains del .470- al
cual, Sten, consideraba inadecuado para los
grandes elefantes en selva densa…Sten
también hizo una observación
sobre el relativo “índice de
knock-down” de Taylor que creo que vale
la pena tomar en cuenta. Cuenta sobre una
cacería de elefantes en donde un cliente
mejicano efectuó un disparo a la cabeza
del animal:
“Dispara,
le susurré, y el estampido del .375
que usaba mi cliente resonó en la selva.
Al recibir el impacto del proyectil las patas
traseras del elefante macho se flexionaron
ligeramente, pero pronto se recuperó,
giró sobre sí mismo y en un
instante se internó en lo más
profundo de la selva….Encontramos luego
que el proyectil que había empleado,
sólido de 300 grains no había
impactado al cerebro por una distancia mínima
y si hubiera usado un calibre de mayor tamaño
con un proyectil más pesado, el disparo,
probablemente, habría aturdido inmediatamente
al animal y lo habría hecho caer, dándole
así, al cazador, el tiempo suficiente
como para acercarse y rematarlo”.
Sten
abatió al elefante, pero si su disparo
no hubiera resultado bien colocado habría
sido altamente probable que nunca volviera
a ver al animal. Cuando un elefante escapa
de un disparo a la cabeza ineficaz, lo hace
sin detenerse, y las posibilidades que tiene
el cazador de encontrarlo son prácticamente
nulas.

Chris
Falkenberg, de 17 años de edad con
su elefante macho cazado en el área
de Safaris Rifa empleando un Brno .375
Según mi criterio,
no existe un acto más inmoral en el
deporte de la caza que permitir que un animal
escape herido debido a que el cazador no se
encuentre equipado adecuadamente. Que un elefante
se escape herido para sufrir una muerte precedida
de una agonía larga y dolorosa, o que
se recupere y quede mentalmente alterado,
volviéndose un “matador de hombres”,
no tiene una calificación menor a la
de un acto criminal si el cazador lo perdió,
en primer lugar, debido a que estaba usando
el arma inadecuada, y creo que el cazador
profesional con poca experiencia que emplea
un .375 como su arma de respaldo cuando se
dedica a la caza de elefantes no resulta adecuadamente
armado.
Ningún
cliente mío en un safari perdió
alguna vez un elefante herido. Perdí
un par cuando regulaba la población
de elefantes en mis días de aprendiz
lo cual me hizo pensar que era infalible cuando
ingresé a la actividad de los safaris.
Como todos sabemos, el disparo al cerebro
es considerado como un clásico en este
tipo de animales y, en mi trabajo, debo indicarles
a mis clientes que deben recurrir a esta zona
de impacto y les explico cómo hacerlo.
Pero además también les explico
que un elefante que recibe un disparo en su
cerebro se desploma instantáneamente,
y que si aún permanece de pie en el
instante inmediatamente después del
disparo, es que no se ha acertado al cerebro
y el animal resultó herido. En este
caso es mi deber efectuar al instante un disparo
con mi arma para impedir que escape.
Al
mismo tiempo durante el cual mi cliente hace
puntería sobre la zona del cerebro,
apunto al hombro del animal, y si aún
está esa zona dentro de mis aparatos
de puntería al instante en que el cazador
efectúa el disparo, presiono el gatillo.
No acepto el principio de que es la presa
de mi cliente, por la cual él ha pagado,
y que tiene el derecho de solicitar que su
cazador profesional –PH- no deba disparar.
El principio ético fundamental de la
caza es que el cazador debe producir una muerte
rápida y limpia de su presa y asegurarse
que su sufrimiento sea mínimo, y este
principio se encuentra por encima de cualquier
exigencia que cualquier cazador pueda llegar
a hacer.
El
cazador de ciudad, con poca experiencia, que
use un .375 para la caza de su elefante haría
bien en prestar atención al hecho de
que Harry Manners abatió al Monarca
de Murapa, un verdaderamente inmenso elefante
macho, con un único disparo al hombro
con ese calibre. Si el proyectil está
apropiadamente colocado, y si debemos suponer
que todo cazador sabe exactamente cuál
es ese punto, su disparo romperá las
arterias principales que parten del corazón
y muy rápidamente su elefante estará
en tierra.
John
“Pondoro” Taylor escribió
que prefería el disparo al hombro en
el caso del elefante si su intención
era cazar un solo ejemplar, y el cazador profesional
de marfil rodhesiano -que se desempeñó
como tal entre ambas Guerras Mundiales- Crawford
Fletcher Jamieson, indica lo mismo en sus
memorias las cuales tuve el privilegio de
leer. Ambos coincidían en que el disparo
a la zona del hombro ofrece un área
de disparo más grande y segura, si
el disparo está correctamente colocado,
y la zona es suficientemente grande como para
que no haya excusas como para no acertarle,
en este caso tu proyectil siempre abatirá
al animal, generalmente en un área
no mayor a los 100 metros.
Usando
siempre mi .470 para la caza del elefante
durante mis días de trabajo en Nuanetsi
con un Jeffery .404 como fusil de reserva,
no tenía necesidad de cazarlos con
mi fusil Cogwell & Harrison .375 provisto
de miras ortópticas y sólo lo
hice en una ocasión. Este rifle estaba
equipado con una mira telescópica desmontable,
apta para la noche, que tenía dos barras
horizontales bastante anchas y una barra vertical,
terminada en punta que la hacía muy
efectiva para cazar a la luz de la luna, y
que usé para cazar hipopótamos
de noche apostándome en sus caminos
de salida sobre los bancos del Río
Lundi.
A
principios de 1960, se produjeron una sucesión
de graves sequías en las planicies
de la región sudeste, lo que hizo que
los elefantes emigraran en gran cantidad desde
Gona-re-Zhou hacia los ranchos de ganado,
de propietarios europeos, en búsqueda
de agua, causando en varias ocasiones el agotamiento
de fuentes de agua y daños en los abrevaderos.
Una mañana, Bruce Austen (antes mencionado)
estaba a cargo de la regulación de
la fauna en la zona y se comunicó conmigo
telefónicamente solicitándome
que fuera a un rancho faenador de ganado en
Twiza para cazar cuatro elefantes machos que,
durante la noche, rompían las defensas
alrededor de un corral y prácticamente
agotaban un tanque de agua.
“Dispárale
a uno de los machos mientras que estén
junto al tanque”, me dijo Bruce, “y
como los otros machos se darán cuenta
de lo que ocurre, te prepararé un permiso
para regular fauna de manera que puedas quedarte
con los animales y con el marfil”.
Era
justo pasada la luna llena, lo cual me hacía
posible acudir aquella noche, y me conduje
directamente hacia el rancho para reunirme
con el administrador y analizar las instalaciones
–encontré que la casilla para
la bomba de agua estaba situada en forma ideal
para apostarse sobre el tanque-. Estaba a
una distancia de tiro fácil y había
una apertura en la pared lateral a través
de la cual podría disparar, y volví
esa misma tarde con mi grupo de ayudantes
y vehículos y mi .375 provisto con
la mira telescópica para la caza nocturna.
El
complejo del rancho se encontraba junto al
corral y estimé que los cuatro machos
no vendrían hasta que se hiciese de
noche, momento en que cesaba todo el movimiento
de los residentes del lugar y, esto, a su
vez coincidiría con la luna en su posición
más propicia como que iluminara la
zona para disparar con facilidad, pero me
equivocaba. Escuché el ruido de la
rotura de la alambrada de protección
justo después de que la luna se había
asomado y los cuatro machos avanzaron en la
penumbra como cuatro masas voluminosas empujadas
por el viento, lentamente, hacia el tanque
de agua.
Los
observé a través de mis binoculares
cuando se detuvieron en el tanque, los cuales
amplificaron la poca luz ambiente en forma
suficiente como para que pudiera ver que uno
de los machos estaba alejado de los demás
y parado, con respecto a mi posición,
completamente de costado. Me hubiera gustado
esperar hasta que la luna estuviera en una
posición más alta pero pensé
que podían olfatearme y escapar.
Encaré
mi .375 y apunté al macho a través
de la mira de 2 ½ aumentos. La imagen
del animal, bajo la limitada luz que transmitía
la mira, aparecía inmóvil, pero
el elefante se había movido. Ahora
estaba orientado ligeramente de frente en
dirección a mí. Apunté
en donde supuse que debería estar el
punto exacto del hombro y disparé,
y todos los elefantes corrieron en estampida
a través de la cerca opuesta hacia
el bosque de mopanes (o mopanie - Colophospermum
mopane) que se encontraba detrás.
Presté
la máxima atención con el fin
de escuchar la caída del macho, ya
que estaba seguro que lo haría, pero
no escuché ningún sonido, y
luego de esperar hasta que la Luna estuviera
bien alta me dirigí a la cerca en la
dirección por donde los elefantes habían
entrado, convencido aún de que el macho
debería estar en tierra.
Caminé,
luego, lentamente, dentro del monte iluminado
por la luz de la luna, fijando mi vista en
cada sombra sospechosa y deteniéndome
con frecuencia para escuchar, luego caminaba
un poco más y volvía a detenerme.
Luego de recorrer un perímetro de unos
25 metros, me detuve nuevamente a escuchar,
sin darme cuenta que el macho herido estaba
de pie, oculto en las sombras a un lado del
camino. Lentamente, dí un paso más
hacia delante, y en ese instante el animal
se percató de mi presencia y giró
sobre si mismo de manera que su cabeza estaba
justo frente a mi, la luz de la luna se reflejaba
sobre la blancura de sus colmillos.
Encaré
el rifle y busqué con la mira los dos
brillantes colmillos, los cuales, debido a
los aumentos de las ópticas, parecía
que estuvieran justo al final del cañón
de mi arma y por un instante pensé
que el animal estaba avanzando hacia mí.
No
podía ver al elefante con nitidez debido
a la oscuridad, pero podía ver claramente
sus colmillos, y apuntando donde supuse que
estaba el centro de su pecho comencé
a disparar hasta que el macho cayó
a tierra.
Pude
determinar, entonces, que mi proyectil sólido
de 300 grains no había impactado en
el hombro del elefante, como yo había
supuesto originalmente, sino que había
impactado frontalmente en la parte superior
de su pata delantera, la cual se había
fracturado, la fractura total se había
producido mientras que el animal estaba corriendo
y eso lo obligó a detenerse. Al despostarlo,
observé que el proyectil no había
penetrado completamente en el hueso, sino
que se había desintegrado, y me dí
cuenta que si el hueso de su pata no se hubiera
fracturado probablemente no habría
vuelto a verlo.
Mi recomendación
para el cazador profesional con poca experiencia
es que no cace elefantes con un .375. Y el
cazador deportivo que desee emplear al .375
para cazar estos animales, deberá usar
solamente proyectiles sólidos “monolíticos”
y deberá apuntar en el punto correcto
sobre el hombro para asegurarse de destruir
las principales arterias que cercanas al corazón.
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